La emotividad del vino: su libertad

¿Qué es lo que hace al vino tan especial? ¿Por qué el vino no es como otro producto consumible? ¿Por qué el vino traspasa lo meramente físico para atravesar el umbral que separa lo que se puede medir de lo que se puede sentir?

Hace unos pocos días me encontraba en la situación de escoger un vino en un local donde afortunadamente había una amplia variedad donde elegir. Ya tenía casi tomada la decisión cuando una etiqueta, más bien el nombre que había dentro de ella, dirigió mis ojos hacia ella, casi los forzó en esa dirección. Emotividad-blog

Se trataba de un vino que había formado parte de mi infancia en el mundo del vino, de mi despertar, de aquellos hermosos momentos en los que descubrí que el vino era mucho más que el zumo de la uva fermentado, en los que fui consciente de sus múltiples caras y niveles.

Estaba claro que ya no podía elegir otro vino, y eso me hizo pensar.

Porque a mí eso  no me pasa con ningún otro producto que ingiero. Sentir que lo que estoy a punto de consumir tiene un significado emocional, sentir esa ilusión anticipada, es algo sencillamente único e intrínsecamente relacionado con el vino.

Quiero pensar que una de las características que podría explicar este fenómeno es que la “consumición del vino”  -no el vino en sí mismo- es su abstracción.

El vino, como la música, es un ente abstracto en cuanto a su tangibilidad. La música se puede leer, se puede tocar, pero su disfrute es absolutamente intangible, no se encierra en palabras ni en ideas, no se cataloga en historias, ficción o no-ficción.

La música tiene la libertad de dejarte ser tú mismo: ¿Quieres viajar? ¡Viaja! ¿Quieres recordar? ¡Recuerda! ¿Quieres olvidarte de ti mismo e integrarte en el sentimiento que te provoca? ¡Abandónate!

Porque… ¿cuántos tenemos esa canción o pieza musical que nos toca el alma? Pues a quienes el vino nos toca el alma tenemos ese vino que nos acaricia en lo más profundo de nuestras emociones.

Pensadlo…

El vino provoca las mismas sensaciones, engendra las mismas pasiones, permite esa dulce enajenación que causa el olvidarte de ti mismo y fusionarte con el universo.

Y en este caso estoy hablando del disfrute del vino en solitario.

Porque si, por ejemplo, hablamos del disfrute de la gastronomía, cuántas y cuántos afamados chefs he leído afirmar que la cocina sin compartirla, no tenía sentido para ellos, que si tienen que cocinar para ellos mismos, no lo disfrutan, que si tienen que comer solos, la experiencia se convierte en un mero ejercicio práctico.

En otro momento hablaré del vino en compañía, pero en éste quería hablar del vino en comunión con uno mismo, y así, el vino es: emoción pura.

 

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